Las editoras

 

Hace un año recibí la llamada de una amiga, una llamada que me salvó de la frustración que provoca la soledad. Me quité mis zapatillas de deporte y me calcé los zapatos bonitos para dirigirme a un barrio ajeno en el que siempre me pierdo.

Hace un año decidí que mi medio de transporte sería la bicicleta y cada día recorro el Retiro a veinte kilómetros por hora. Hace un año que veo cómo cambian los colores de los árboles y los habitantes del parque según el día de la semana. Hace un año que siento en mi rostro la temperatura cambiante del aíre.

Hace un año decidí que la vida se debe vivir y justo en ese momento recibí la llamada de mi amiga… La suerte quiso que empezará a trabajar en un lugar mágico. La magia reside donde cada uno decide libremente. Desde muy pequeña tuve claro que la magia residía entre las páginas de los libros. Y aquí estoy, en la librería los editores. Se escribe con minúsculas y en masculino pero aquí todas somos chicas y la Literatura la vivimos con MAYÚSCULAS.

Pilar Eusamio Zambrana

 

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¿Soy librera…?

¿No será una ensoñación como las que me han rondado tantas veces al salir de una de esas pequeñas librerías en donde me quedaría a vivir, suspirando: «¡ay! si yo tuviera una librería…»?

No. Es muy real. Tengo una librería en la que hay incluso que pagar un alquiler y sueldos, que son detalles que los sueños se empeñan en ocultar.

Hay un recorrido lógico (pero no obvio) entre mis ensoñaciones y el día que levanté la persiana de «los editores», hace ahora seis meses. Va desde aquellas tardes en las que me iba, sola casi siempre, a escuchar a mis autores favoritos por el Madrid literario de mi época de estudiante de periodismo; pasa por los cafés matutinos de “la parada de autobús” en los que escuchaba con fascinación a los más veteranos que yo hablar de libros y de autores; también por la tertulia de “enajenados de la cosa” que mantenemos un grupo de amigos en invierno chez Eléonore y en verano en mi casa; por los consejos y recomendaciones que he ido recogiendo de mis queridos amigos de las jornadas literarias eslesianas, culpables además de que hoy sea editora de La Huerta Grande.

Hay muchos amigos tras este proyecto. Y mucha admiración por ellos. También hay un enfado, por ver cómo el Barrio de Salamanca, en donde vivo, se despoblaba de librerías año tras año, mientras que la rive gauche de la Castellana, vivía su momento de esplendor con valientes y admirables libreros par ci, par là.

Dice la razón, o susurra el sentido común, que hay una línea fina que conviene vigilar entre lo que separa el amor y las ilusiones de la obsesión. Y es cierto. No sé si definitivamente se me descoyuntaron los turnos de vigilancia, cosa que de vez en cuando me recuerda algún amigo con cariño: «¿no te estarás metiendo en muchos líos?».

No sé si los líos los busco o me buscan. Igual que no sé si ese local con tanto encanto que hoy es «los editores» me vio primero a mí o yo a él. Unas horas después de visitarlo pensé en el nombre de mi flamante librería: «los editores». Y esa noche, durante la cena, pregunté a mis hijos: «¿y qué os parece si abro una librería?». «Vas a abrir tu librería, mamá», me contestó mi hija mayor.

Envié un whatsapp para buscar candidatos a libreros y contestaron cerca de 50, en dos días…
La primera pregunta que les hacía era: «¿Qué estás leyendo?» y la segunda: «Qué has leído?». O algo parecido. Y Joaquín, que está en esta guerra conmigo y en tantas otras, tuvo que poner la gota de cordura, recordarme que «además de leer convendría que “tus chicas” sepan algo de números, quizás manejar un programa informático de librería, saber tratar a los clientes que pasarán por ahí, a los comerciales (gracias), a los editores (gracias), y habrá que llenarla de libros (gracias Miguel, Verónica y Guillermo por vuestra ayuda)». Pero yo, claro, esas minucias las suelo dar por hecho, o confío en el milagro… Isa fue el milagro por si alguien duda de que existan, es la librera más corajuda del planeta; y Lucía, Manuela y Pilar la demostración de que mi teoría es cierta: las cosas acaban siendo fáciles cuando lo que sustenta el trabajo es devoción y respeto por el objeto de ese trabajo. Pero además está siendo muy divertido trabajar con ellas.
Todas vienen de casa bien leídas, que es dicho de abuela pero cosa bien necesaria cuando de lo que se trata es de vender libros.

Así que el 10 de diciembre levantamos la persiana, en la calle Gurtubay número 5, que ya es nuestra preciosa calle. Con la satisfacción de estar haciendo algo bueno, y con miedo y respeto a hacerlo bien, me dije: «¡Ya no más líos!».
Pero, claro, no lo he cumplido… Pronto «los editores» crecerá. Nuevo local. Nuevos proyectos.

Compensa esa manía de una de meterse en líos. Ahora vivo rodeada de más libros («es como si un diabético abriera una pastelería», me dijo alguien hace poco…), y por si fuera poco se ha colado en mi vida otro puñado de buenas personas.

Han pasado solo seis meses y el local ya está lleno de vecinos del barrio a los que ojalá condecoremos algún día con ese precioso título de “cliente de toda la vida” que escasea en tiempos de Amazon. Esteeeela, María y su padre, Belén, Inés y María Luisa, Carolina, Sergio, Salomé… son algunos de ellos, pero esperemos que sean legión.
Desfilan por aquí casi todas las tardes autores, editores, incluso algún cantante, y pienso: ahí los tengo, sentados en el escenario, la misma raza de curiosos, adorables, excéntricos, tímidos, arrogantes, divertidos, admirados literatos a la que escuchaba con absoluta fascinación de joven y que ahora con más años o en otros rostros, en tiempos mucho más hostiles para el cara a cara, vienen a sentarse a los sillones de «los editores» a defender su trabajo; a decir: «aquí seguimos y aquí estaremos mientras ustedes, lectores, nos quieran aquí».

Porque me resulta complicado decir no a los líos, y porque en lo que hago pongo todo mi empeño, es posible que salga adelante este sueño; pero sé que lo que se ha hecho hasta hoy y lo que queda por hacer se lo debo en una parte enorme al equipo de “las editoras”. Ellas saben que esto de ser jefa, o boss, es otro lío para mí, que no me gusta, y me lo ponen fácil. Gracias queridas. Queda por hacer. Siempre queda por hacer cuando se trata de hacer por la literatura. Y daremos la batalla desde nuestro pequeño gran espacio.

Gracias, como no, a los lectores, a esa legión silenciosa que está dando con nosotros la batalla. Os necesitamos, amigos.

Y gracias a la paciencia y a la generosidad de mi querido Joaquín, que por suerte comparte esta neurosis, de la que enfermó por lealtad u osmosis amorosa, para mi completa felicidad.

Hace poco dejé escrito a mis hijos un texto con estas palabras: «no dejéis que un día la pregunta «¿Lo hubiera logrado, si…?», se convierta en el aria de vuestra vida». No sé qué lograremos con los años en «los editores», pero al menos habré demostrado a mis hijos que las cosas se intentan cuando se puede. Y yo podía.

Philippine González-Camino